¿A quién pertenece la fachada de los edificios?

En el mundo arquitectónico circula una anécdota que relata como un profesional le mostraba a su cliente la fachada del edificio que acababa de diseñar, recabando su opinión. El cliente le contestó que esa cuestión no debía planteársela a él, ya que iba a verla en contadas ocasiones, sino que debía formulársela a los vecinos de enfrente, o incluso a los transeúntes, que eran quienes iban a disfrutarla o padecerla permanentemente. No sabemos si la historia es real o ficticia, pero, en cualquier caso, apunta en una interesante dirección.

Como cabe suponer, la duda del título no se refiere a la propiedad patrimonial, porque la respuesta es evidente, sino a otro tipo de apropiación, una de carácter simbólico que realizan todos los ciudadanos.

Antes de nada, conviene señalar que nos referimos a las fachadas principales de los edificios de viviendas, que suelen ser la única imagen que estos ofrecen al exterior. Son esas fachadas, “domésticas” y mayoritariamente anónimas, que se alinean formando las calles y que, como veremos, se convierten en las responsables esenciales en la conformación del ambiente de la ciudad. Por eso, su importancia es trascendental y se convierten en tema de reflexión y debate permanente para los arquitectos.

Una de las discusiones más habituales se refiere a cuál debe ser la relación entre la arquitectura (como hecho individual) y la ciudad (como conjunto). Algunos preconizan la autonomía más o menos radical de la arquitectura y defienden que la fachada debe responder exclusivamente a las sugerencias de su interior, mientras que otros defienden la necesidad de diálogo con el contexto (urbano en este caso). Dejaremos de lado estas recurrentes controversias porque nuestro objetivo no es técnico ni estilístico, sino más bien emocional y simbólico.

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